Al contrario que muchos de mis compis de profesión, no conocí lo que era querer practicar un deporte hasta pasados los 17 años, cuando comencé a practicar artes marciales y deportes de combate.
Y pasaron varios años más hasta que realmente aprendiese a disfrutar del ejercicio físico en general, porque, la verdad, siempre pensé que eso del deporte no era para mí.
Fue gracias a las artes marciales, cuando acababa la carrera de psicología en Granada, que descubrí que quizás el mundo del deporte sí era para mi.
Decidido a meterme en este mundillo, me especialicé en Psicología Deportiva y empecé a hacer mis primeros pinitos profesionales, pero estaba lejos de acabar.
No me quiero enrollar mucho, así que resumiendo: objetivos mal planteados, estrategias de mierda, desconocimiento absoluto y otra serie de sucesos me llevaron a una lesión detrás de otra, las cuales acabaron haciendo que empezase seriamente con el entrenamiento de fuerza y, sorpresa sorpresa… acabase gustándome.
Como soy un poco culo inquieto y aquello me gustó, acabé haciendo el Ciclo Superior de Deporte (antiguo TAFAD) y distintas formaciones sobre entrenamiento de fuerza, lesiones y demás.
La vida a veces decide en nuestro lugar, así que tras un par de años trabajando como entrenador y readaptador por cuenta ajena, acabé teniendo que mudarme y me lo monté por mi cuenta, como podrás ver.
Mi último dilema fue enfrentarme a una decisión complicada… ¿en qué tipo de profesional quería convertirme? La vida, de nuevo, estaba ahí para darme la respuesta y no puedo estar más contento con el resultado.
Actualmente me dedico a hacer accesible el ejercicio físico a personas que, como yo, no sabíamos ni entrenar ni disfrutarlo.
Como psicólogo soy un firme defensor de que el contexto es clave para todo lo que hacemos, por ello considero también indispensable conocer el contexto en el que las personas estamos inmersas. Esto implica que mi enfoque de trabajo tiene perspectiva de género y no pesocentrista, entre otras cosas.
En Kokoro te ayudamos a volver a confiar en tu cuerpo. A entender lo que realmente necesitas.
Y a sanar desde un lugar donde no hace falta que cambies quién eres, solo que te reconcilies contigo.